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Las palabras no tienen edad, viven fuera del reloj
y dentro de las prisas, calmas, vendavales y sosiegos.
Las palabras siempre tienen razón y no la dan
porque les va su legitimidad en ello.
Las palabras no esperan, dan,
y en darse se ofrecen a ser interpretación
del estado y circunstancia del otro,
cómplice del ajeno, amigo del propio.

La palabra siempre está a tiempo a deshoras.

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